La ministra de fomento, Ana Pastor, acompañó ayer,
entre flashes y micrófonos, el estreno mundial del nuevo servicio de “vagón
silencioso” que ofrecerá el AVE, como si se tratara de una novedad universal el
hecho de respetar a los demás compañeros de viaje. Supongo que entonces, a
partir de ahora, habrá dos tipos de vagones, los “ruidosos” y los
“silenciosos”. De momento, en los segundos no podrán entrar menores de 14 años,
pero si letrados talluditos con voz de tenor y modales de tertuliano
televisivo, siempre que no entablen charlas que duren más de ... minutos, para
que el revisor, con cronómetro en mano, no les saque la tarjeta roja (expulsión
fulminante del vagón) por haber mantenido “conversaciones duraderas”. Pero si
has elegido viajar en uno de los “vagones ruidosos”, no se te ocurra mandar a
callar al Coro rociero de la Hermandad de Chiclana de Arriba que anda
ensayando, entre los asientos 30 y 65V, el repertorio de sus próximos
conciertos, porque seguramente alguno de los pasajeros que, tablet en mano,
anda grabando la improvisada actuación, te vomitará un educado “haberte
comprado el billete para el vagón de los callaos, so malaje”. En el CRAI Antonio Ulloa (Centro de Recursos
para el Aprendizaje y la Investigación), una de la bibliotecas más modernas de
la Universidad de Sevilla, se informa a los usuarios (alumnos universitarios en
su gran mayoría) a través de grandes monitores de pantalla plana, de que en la
biblioteca no se come ni se bebe, no se taconea, no se escucha música sin
cascos, etc. No está lejos el día, lo intuyo, en que, en los quirófanos, pongan
carteles de “prohibido hacer barbacoas”, en los tanatorios rótulos de
“prohibido tirar las cáscaras de la pipas al suelo” y en los aseos de los
restaurantes pegatinas donde diga “abra el grifo para lavarse las manos”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario