martes, 29 de julio de 2014

¿Por qué odiáis a los gatos?

Hace unos días escuché a una señora contando como un gato (con collar) había atacado a su hija y a su perro, mientras paseaban por la calle, sin causa ni motivo aparente. Indignadísima, comentaba que, si le hubiera pasado a ella, le hubiera dado bien al gato, aunque hubiera sido a base de bolsazos. Se notaba en sus palabras la rabia contenida y el odio hacia la especie gatuna. Me quedaré con las ganas de saber lo que ocurrió realmente y por qué pasó algo así, un hecho nada frecuente cuando hablamos de gatos. Sin embargo, los ataques de perros a humanos están a la orden del día y algunos de ellos no solo no terminan bien sino que incluso han acabado con la muerte de la víctima. La historia está repleta de perros que han mordido gravemente (incluso mortalmente), tanto a desconocidos como a sus propios dueños. Perros aparentemente mansos que, de repente, se han tornado en auténticas máquinas mortíferas. De hecho, los animales guardianes suelen ser perros ¿no? Las peleas ilegales son con perros ¿no? Al menos a mi nunca me ha maullado de forma agresiva/ahuyentadora un gato desde detrás de un valla. He de decir, también, que tampoco me ha perseguido para morderme ningún gato, mientras corría o montaba en bicicleta.
No soy veterinario ni tampoco experto en psicología gatuna pero llevo más de treinta años conviviendo con gatos y creo que el hecho de que un gato ataque sin causa es bastante extraño, por no atreverme a decir que es practicamente imposible, siempre que se trate de una animal mentalente sano. De cualquier forma, y lo digo para que la gente se tranquilice y se le bajen los humos, un gato no es ni un tigre ni un león, aunque sea felino como ellos, y dado su tamaño nunca tendrá la intención de cazarnos, ni a nosotros ni a nuestros bebés; A lo sumo, podrá defenderse en el marco de situaciones en las que se sienta amenazado y, en estos casos, se limitará a zafarse de la agresión (o lo que ellos consideren como tal) y alejarse o incluso huir.

martes, 8 de julio de 2014

SIN Sentido Común. 1

La ministra de fomento, Ana Pastor, acompañó ayer, entre flashes y micrófonos, el estreno mundial del nuevo servicio de “vagón silencioso” que ofrecerá el AVE, como si se tratara de una novedad universal el hecho de respetar a los demás compañeros de viaje. Supongo que entonces, a partir de ahora, habrá dos tipos de vagones, los “ruidosos” y los “silenciosos”. De momento, en los segundos no podrán entrar menores de 14 años, pero si letrados talluditos con voz de tenor y modales de tertuliano televisivo, siempre que no entablen charlas que duren más de ... minutos, para que el revisor, con cronómetro en mano, no les saque la tarjeta roja (expulsión fulminante del vagón) por haber mantenido “conversaciones duraderas”. Pero si has elegido viajar en uno de los “vagones ruidosos”, no se te ocurra mandar a callar al Coro rociero de la Hermandad de Chiclana de Arriba que anda ensayando, entre los asientos 30 y 65V, el repertorio de sus próximos conciertos, porque seguramente alguno de los pasajeros que, tablet en mano, anda grabando la improvisada actuación, te vomitará un educado “haberte comprado el billete para el vagón de los callaos, so malaje”.  En el CRAI Antonio Ulloa (Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación), una de la bibliotecas más modernas de la Universidad de Sevilla, se informa a los usuarios (alumnos universitarios en su gran mayoría) a través de grandes monitores de pantalla plana, de que en la biblioteca no se come ni se bebe, no se taconea, no se escucha música sin cascos, etc. No está lejos el día, lo intuyo, en que, en los quirófanos, pongan carteles de “prohibido hacer barbacoas”, en los tanatorios rótulos de “prohibido tirar las cáscaras de la pipas al suelo” y en los aseos de los restaurantes pegatinas donde diga “abra el grifo para lavarse las manos”.